“La estrategia de amedrentar. El poder, Una Bestia Magnifica. Michael Foucault.”

La estrategia de amedrentar

[Texto publicado en Le Nouvel Obseroateur, 1979.]

Si hoy no se fía, ayer tampoco. Me parecen muy poco convincentes los que dicen que hoy las libertades están cercena­das, que los derechos se desmoronan y que los espacios se estre­chan alrededor de cada uno de nosotros.

Apuesto que Ia justicia penal de hace veinte años o de hace un siglo no estaba mejor ordenada ni era mas respetuosa. Es inútil, para dramatizar el pre­sente, alargar sus sombras por las claridades imaginarias de un sol declinante.

Las transformaciones que ocurren bajo nuestros ojos y que a veces se nos escapan no deben llenarnos de nostalgia. Basta con tomarlas en serio: es decir, comprender adónde vamos y señalar lo que nos negamos a aceptar para el futuro.

En el asunto de los manifestantes del 23 de marzo1 no hay nada de ilegal ni de excepcional. Todo esta conforme a las reglas de procedimiento, a Ia legislación en vigor y a cierta “filosofia” de Ia practica. Todo, jay!

¿El procedimiento? Es el flagrante delito, es decir, Ia precipita­ción, Ia defensa insuficiente, el juicio apresurado; ya se ha dicho, y no hay que cansarse de decirlo. Pero el principia mismo del flagrante delito es grave y peligroso.

En efecto, uno de los prin­cipios fundamentales del derecho penal es que persecución y delito jamás deben estar en las mismas manos: quien sostiene la acusación no podría estar encargado del establecimiento de los hechos.

Ahora bien, el procedimiento de flagrante delito exige al ministerio fiscal suministrar bien atados, con el inculpado, los elementos que permitan al tribunal resolver. El acusador obra la verdad solo (o, mas bien, con la policía).

1 El 23 de marzo de 1979, los representantes de los seis mil quinientos obreros metah1rgicos de Longwy condenados al despido se manifesta­ron en las calles de Paris. La fuerza de esta manifestaci6n estaba Iigada en igual medida a los intereses electorales de Ia Confederación General del Trabajo [CGT] y del Partido Socialista, que Ia Confederaci6n Fran­ cesa Democrática del Trabajo [CFDT] se negaba a avalar. Aprovechan­ do esa grieta, militantes de extrema izquierda y tal ve algunos provoca­ dores rompieron varios escaparates de Ia plaza de Ia Opera al final de Ia manifestaci6n. De resultas, se produjeron numerosas detenciones de personas que afirmaban no haber participado en el saqueo. [N. del E.]

¿La regla quiere que la instrucción se haga con los elementos de cargo y de descargo? Aquí, nada de instrucción: solo quedan, pues, los elementos de cargo.

Pero ¿el delito no es flagrante, y evidentes las pruebas? Por que habría que instruir? Pues bien, aquí es donde el uso de la legislación antidesmanes, de por si bastante peligrosa, se torna muy temible. Esa legislación convierte en delito el mero hecho de participar en una manifestación en cuyo transcurso se cometen actos delictivos. Participar, es decir, estar presente, encontrarse en el Iugar, estar cerca… Quien no advertirá que, al aplicar el procedimiento de flagrante delito a una infracción definida de manera tan vaga, cualquiera, con tal de que haya pasado por allí, puede tener que comparecer ante el tribunal como “autor de des­manes”? La prueba: la policía lo ha visto y lo ha atrapado.

La ley antidesmanes permite a la policía fabricar al instante un “delito” y un “delincuente”, a los cuales el procedimiento de fla­grante delito impondrá el sello de una verdad sin discusión. Enormidad de la que los magistrados (Jean Daniel tuvo razón al señalarlo) son absolutamente conscientes. Pero que justifican por la “filosofía” que impregna cada vez mas la practica penal.

“Filosofía” muy simple, casi obvia: al sancionar las infracciones, la justicia se ufana de garantizar la “defensa de la sociedad”. Esta muy anti­gua idea está convirtiéndose -y esa es la novedad- en un principia concreto de funcionamiento. Del ultimo de los fiscales adjuntos al ministro de justicia, todos garantizan la “defensa social” y toman medidas en función de esos objetivos.

Lo cual tiene varias consecuencias. Y de peso.

  • La defensa de Ia sociedad se convierte en un principio funcional común a Ia policía, los fiscales, los magistra­dos instructores y los jueces. Los controles mutuos, los equilibrios y las indispensables divergencias entre los diferentes elementos de Ia institución se desdibujan en beneficio de una continuidad aceptada y reivindicada. Del hombre con casco y cachiporra al que juzga según su alma y su conciencia, todo el mundo, en un movi­miento solidario, se pone de acuerdo para cumplir un mismo papel.
  • Pero defender Ia sociedad contra que? Contra las infracciones? Sin duda. Contra los peligros, sobre todo. Son estos, los peligros, los que marcan Ia importancia relativa de las infracciones: gran peligro de una piedra arrojada, pequeño peligro de un gran fraude fiscal.

Y además: Ia infracción ha sido mal establecida? No importa, si detrás de esos hechos dudosos se perfila un peligro cierto. No existe Ia certeza de que un manifes­tante haya lanzado golpes? En todo caso, detrás de el estaba Ia manifestación, y mas alias, todas las venideras, y aun mas alias Ia violencia en general y el desempleo, e Italia y el “P-38”, y Ia Rote Arme Fraktion [Fracción del Ejercito Rojo]. La justicia debe reaccionar ante el peligro real, mas aun que ante el delito comprobado.

  • ¿Y como protegerse de el? Persiguiendo a los autores de infracciones reales? Si, tal vez, si fuera posible. Pero Ia estrategia de amedrentar es mas eficaz: infundir mie­do, tomar medidas ejemplificadoras, intimidar. Actuar, como se dice con términos tan expresivos, sobre Ia “población blanco”, que es móvil, disgregable, incierta, y que algún día podría llegar a ser inquietante: jóvenes desocupados, estudiantes universitarios, estudiantes secundarios, etc.

Además, que es lo que hay que proteger, entonces, en esta sociedad? Sin duda lo mas valioso, mas esencial y por tanto mas amenazado. y que puede ser mas esen­cial que el Estado, puesto que protege a Ia sociedad, que tanto lo necesita? Así, el papel de la justicia consiste en proteger al Estado contra peligros que, al amena­zarlo, amenazan a la sociedad que el mismo tiene la función de proteger.

Bien calzada queda entonces la justicia entre la sociedad y el Estado. Esa es su función, ese es su lugar, y no, como ella misma todavía dice, entre el derecho y el individuo.

Las escandalosas condenas de Desraisses, Duval y tantos otros no son “aberrantes”. Muestran con un efecto de aumento la trans­formación insidiosa en virtud de la cual la justicia penal está convirtiéndose en una “justicia funcional”. Una justicia de seguridad y protección.

Una justicia que, como tantas otras instituciones, tiene que administrar una sociedad, detectar lo que es peligroso para ella, alertarla acerca de sus propios peligros. Una justicia que se asigna la misión de velar por una población en vez de respetar a unos sujetos de derecho. El influjo del poder político ha aumentado? No lo se. Pero basta con que a través de las funciones de “protección social” se hayan impuesto con toda naturalidad imperativos de Estado.

Los inculpados de Longwy han sido puestos en libertad. Las penas dictadas a los de Paris se han agravado, salvo en un caso. Entonces, una de dos.

0 bien el “buen funcionamiento del conjunto” es el motivo de que se hayan tornado dos decisiones tan opuestas (laxismo con una población desempleada, severidad con grupos parisinos) . En ese caso, se comprueba que la justicia penal en su totalidad co­mienza a actuar ya no en función de la ley, sino en función de la protección social.

0 bien sucede que los magistrados no se ponen de acuerdo so­bre lo que significa defender la sociedad. 0 que algunos se niegan a desempeorar ese papel. Y, en ese caso, la justicia ha perdido su coherencia.

De uno u otro modo, estamos ante una gran crisis. Es preciso, pues, que sean liberados cuanto antes todos los que son victimas de esta situación insostenible. De no otorgarles el indulto, el presidente de la Republica mostrará que suscribe, sin atreverse a decirlo, una transformación de la justicia que se compra al precio de condenas injustas. Nadie puede al mismo tiempo respetar el dere­cho y sostenerlas. Y mucho menos el presidente de la Republica.

El poder, Una Bestia Magnifica. Michael Foucault.

El poder, una bestia magnifica: Sobre el poder, la prision y la vida. Michel Foucault.

fragmentos de textos y entrevistas.

“Miro mi país, miro los demás países y llego a la conclusión de que carecemos de imaginación sociológica y política, y ello en todos los aspectos. 
En el plano social sentimos amargamente la falta de medios para contener y mantener el interés no de intelectuales, sino del común de los mortales. 
El conjunto de la literatura comercial masiva es de una pobreza lamentable, y la televisión, lejos de alimentar, aniquila. 
En el plano político hay en la hora actual muy pocas personalidades que tengan gran carisma o imaginación. 

 
¿Y cómo podemos pretender entonces que la gente haga un aporte valedero a la sociedad, si los instrumentos que se le proponen son ineficaces?
¿Cuál sería la solución? 

Debemos empezar por reinventar el futuro, sumergiéndonos en un presente más creativo. Dejemos de lado Disneylandia y pensemos en Marcuse.”