Clint Smith: How to raise a black son in America

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Growing up, I didn’t always understand why my parents made me follow the rules that they did. Like, why did I really have to mow the lawn? Why was homework really that important? Why couldn’t I put jelly beans in my oatmeal?

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My childhood was abound with questions like this. Normal things about being a kid and realizing that sometimes, it was best to listen to my parents even when I didn’t exactly understand why. And it’s not that they didn’t want me to think critically. Their parenting always sought to reconcile the tension between having my siblings and I understand the realities of the world, while ensuring that we never accepted the status quo as inevitable.

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I came to realize that this, in and of itself, was a very purposeful form of education. One of my favorite educators, Brazilian author and scholar Paulo Freire, speaks quite explicitly about the need for education to be used as a tool for critical awakening and shared humanity. In his most famous book, “Pedagogy of the Oppressed,” he states, “No one can be authentically human while he prevents others from being so.”

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I’ve been thinking a lot about this lately, this idea of humanity, and specifically, who in this world is afforded the privilege of being perceived as fully human. Over the course of the past several months, the world has watched as unarmed black men, and women, have had their lives taken at the hands of police and vigilante. These events and all that has transpired after them have brought me back to my own childhood and the decisions that my parents made about raising a black boy in America that growing up, I didn’t always understand in the way that I do now.

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I think of how hard it must have been, how profoundly unfair it must have felt for them to feel like they had to strip away parts of my childhood just so that I could come home at night.

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For example, I think of how one night, when I was around 12 years old, on an overnight field trip to another city, my friends and I bought Super Soakers and turned the hotel parking lot into our own water-filled battle zone. We hid behind cars, running through the darkness that lay between the streetlights, boundless laughter ubiquitous across the pavement. But within 10 minutes, my father came outside, grabbed me by my forearm and led me into our room with an unfamiliar grip. Before I could say anything, tell him how foolish he had made me look in front of my friends, he derided me for being so naive. Looked me in the eye, fear consuming his face, and said, “Son, I’m sorry, but you can’t act the same as your white friends. You can’t pretend to shoot guns. You can’t run around in the dark. You can’t hide behind anything other than your own teeth.”

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I know now how scared he must have been, how easily I could have fallen into the empty of the night, that some man would mistake this water for a good reason to wash all of this away.

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These are the sorts of messages I’ve been inundated with my entire life: Always keep your hands where they can see them, don’t move too quickly, take off your hood when the sun goes down. My parents raised me and my siblings in an armor of advice, an ocean of alarm bells so someone wouldn’t steal the breath from our lungs, so that they wouldn’t make a memory of this skin. So that we could be kids, not casket or concrete. And it’s not because they thought it would make us better than anyone else it’s simply because they wanted to keep us alive.

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All of my black friends were raised with the same message, the talk, given to us when we became old enough to be mistaken for a nail ready to be hammered to the ground, when people made our melanin synonymous with something to be feared.

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But what does it do to a child to grow up knowing that you cannot simply be a child? That the whims of adolescence are too dangerous for your breath, that you cannot simply be curious, that you are not afforded the luxury of making a mistake, that someone’s implicit bias might be the reason you don’t wake up in the morning.

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But this cannot be what defines us. Because we have parents who raised us to understand that our bodies weren’t meant for the backside of a bullet, but for flying kites and jumping rope, and laughing until our stomachs burst. We had teachers who taught us how to raise our hands in class, and not just to signal surrender, and that the only thing we should give up is the idea that we aren’t worthy of this world. So when we say that black lives matter, it’s not because others don’t, it’s simply because we must affirm that we are worthy of existing without fear, when so many things tell us we are not. I want to live in a world where my son will not be presumed guilty the moment he is born, where a toy in his hand isn’t mistaken for anything other than a toy.

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And I refuse to accept that we can’t build this world into something new, some place where a child’s name doesn’t have to be written on a t-shirt, or a tombstone, where the value of someone’s life isn’t determined by anything other than the fact that they had lungs, a place where every single one of us can breathe.

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Thank you.
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De niño no entendía siempre por qué mis padres me hacían seguir las siguientes reglas. Como por ejemplo cortar el césped. ¿Y por qué los deberes eran tan importantes? ¿Por qué no podía mezclar gomitas con avena en el desayuno?

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Mi infancia estuvo llena de este tipo de preguntas. Eran cosas normales en un niño pero también darse cuenta de que a veces, era mejor escuchar a los padres incluso cuando no entendía por qué. Y no es que no querían que yo piense críticamente. En su papel de padres siempre trataron de reconciliar la tensión entre dejarnos claro a mis hermanos y a mí las realidades del mundo, y asegurarse de que no aceptaremos nunca el ‘status quo’ como algo inevitable.

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Llegué a la conclusión de que esto, en sí mismo, era una manera de educar con propósito. Uno de mis mentores, el escritor e investigador brasileño Paulo Freire, habla con claridad acerca de la necesidad de usar la educación como herramienta para el despertar crítico y la humanidad compartida. En su famoso libro, “La pedagogía del oprimido”, declara: “Nadie puede ser verdaderamente humano y evitar que otros lo sean”.

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Últimamente he pensado mucho en eso, la idea de la humanidad, y, en concreto, en quien en este mundo goza del privilegio de ser percibido como plenamente humano. En los últimos meses el mundo ha visto cómo hombres negros desarmados, y mujeres, fueron asesinados por la policía y los vigilantes. Estos eventos y todo lo que pasó después me llevaron de vuelta a mi infancia y a las decisiones que mis padres tomaron sobre cómo criar a un niño de color en EE.UU. y que de niño, no siempre las entendí como las entiendo ahora.

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Pienso en lo difícil que debe haber sido, en la profunda injusticia que deben haber sentido al despojarme de parte de mi infancia solo para que yo pudiera volver a casa salvo por la noche.

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Por ejemplo, pienso en cómo una noche, cuando tenía 12 años, durante un viaje de un par de días a otra ciudad, mis amigos y yo compramos pistolas de agua y transformamos el estacionamiento del hotel en nuestro propio campo de batalla acuática. Nos escondimos detrás de los coches y corrimos en la oscuridad reinante entre las farolas soltando carcajadas interminables por toda la acera. Pero a los 10 minutos, mi padre salió, me agarró por el brazo, y me llevó a nuestra habitación de una manera inusual. Antes de poder decir nada, decir lo estúpido que me hizo parecer delante de mis amigos, se burló de mí por ser tan ingenuo. Me miró a los ojos, con el miedo dibujado en su rostro y me dijo: “Hijo, lo siento. pero no puedes comportarte como tus amigos blancos. No puedes fingir que disparas armas de fuego. No puedes corretear en la oscuridad. Y no puedes esconderte detrás de nada que no sean tus propios dientes”.

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Ahora sé lo asustado que debe haber estado, lo fácil que podría haberme desvanecido en el vacío de la noche, y que alguien pudiera confundir el agua con un buen motivo para hacerme desaparecer.

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Estos son los tipos de mensajes que seguí toda la vida escuchando: mantén siempre las manos donde pueden verlas, no te muevas demasiado rápido, quítate la capucha cuando se pone el sol. Mis padres nos criaron y a mis hermanos a mí en un marco de asesoramiento, un océano de alarmas para que nadie nos robara el aliento de los pulmones, y ellos lleguen a hacer de esta piel un recuerdo. Para que podamos ser niños, no ataúdes debajo de una losa. Y no es porque pensaban que esto nos haría mejores que otros sino simplemente porque querían mantenernos con vida.

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Todos mis amigos negros crecieron con el mismo mensaje, el que se nos daban cuando éramos suficientemente mayores como para ser confundidos con un clavo listo para ser golpeado en el suelo por la gente que veía el color de nuestra melanina como sinónimo de algo que hay que temer.

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Pero, ¿qué hacerle eso a un niño que crece sabiendo que no puede ser simplemente un niño? Que los caprichos de la adolescencia son demasiado peligrosos para respirar, que no puede ser curioso, que no puede permitirse el lujo de un error, que el sesgo implícito de alguien podría ser la razón por la que mañana no vas a despertar.

4:09

Pero esto no puede ser lo que nos defina. Porque tuvimos padres que nos criaron para entender que nuestros cuerpos no fueron hechos para las balas, sino para las cometas y las combas, y para las carcajadas que te hacen explotar el estómago. Los maestros nos han enseñado a levantar la mano en clase, y no como señal de rendición y que la única cosa a la que tenemos que renunciar es la idea de que no somos dignos de este mundo. Así que decimos que las vidas negras cuentan no porque las otras no valgan, sino porque hay que reiterar que somos dignos de vivir sin miedo, con tantas cosas que señalan lo contrario. Quiero vivir en un mundo donde mi hijo no sea culpable por solo nacer donde un juguete en sus manos no se pueda confundir con nada más que un juguete.

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Y me niego a aceptar que no podemos construir un mundo nuevo, un lugar donde el nombre de un niño no hay que escribirlo en una camiseta, en una tumba, en el que el valor de la vida de alguien no se decida por otra cosa más que por tener pulmones, un lugar donde todos y cada uno de nosotros pueda respirar.

5:03

Gracias.

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