“UNA TEORÍA DEL CONTROL DE LA DELINCUENCIA* Travis Hirschi**”

UNA TEORÍA DEL CONTROL
DE LA DELINCUENCIA*
Travis Hirschi**
* Traducción del Capítulo II (“A Control Theory of Delinquency”), del libro Causes of Delinquency
(Las Causas de la Delincuencia), de Travis Hirschi (Berkeley: University of California Press,
1969). Reprinted by permission of Transaction Publishers. Copyright@2001 by Transaction Publishers.
Traducción auspiciada por Juan Manuel Costas, Carolina Dugarte, Alejandra Marval, Vanessa
Peñuela, Leonardo Rattia, Geri-Varé Rivas, Nidia Uribe, y Jennifer Vielma. Traducción realizada
por Gustavo Benítez y revisada por Christopher Birkbeck. Publicación auspiciada por el Grupo
de Investigaciones Criminológicas, Universidad de Los Andes.
** Profesor Emérito, Universidad de Arizona, Estados Unidos. E-mail: hirschi@dakotacom.net

RESUMEN
Las teorías del control suponen que los hechos delictivos se originan
cuando se debilita o se rompe el vínculo entre el individuo y
la sociedad. Dado que estas teorías comprenden dos conceptos
muy complejos, el vínculo del individuo con la sociedad, no resulta
sorprendente que en uno u otro momento dichos conceptos hayan
formado la base de las explicaciones de la mayor parte de las
formas de la conducta aberrante o extraña. Tampoco resulta sorprendente
que las teorías del control hayan descrito de diversas
maneras los elementos del vínculo con la sociedad, y que se hayan
enfocado en una variedad de unidades como el punto de control.
El artículo comienza con una clasificación y una descripción de
los elementos del vínculo con la sociedad convencional. Demuestra
cómo se relaciona cada uno de los elementos con la conducta
delictiva y cómo éstos se relacionan entre sí. Posteriormente, se
regresa a la cuestión de cómo especificar la unidad a la cual se
halla, en mayor o menor grado, sujeta la persona, y a la cuestión
de la suficiencia de la fuerza de motivación establecida en la explicación
de la conducta del delincuente.
Palabras clave: Teoría del control, delincuencia, sociedad, desviación.
A THEORY OF DELINQUENCY CONTROL
ABSTRACT
Control theories imply that delictive activities originate from
ruptures or weakening of the individual-society relationship.
Since these theories include two very complex concepts in the relationaship
between the individual and society, it is not surprising
that at any given moment these concepts have formed the basis
for explanations of the major part of all strange and deplorable
behaviour. Nor is it surprizing that these control theories
describe in diverse manners the elements related to the
individual-society relationship, and that they have focused on a
Una teoría del control de la delincuencia 7
Recibido: 28-07-2003 • Aceptado: 23-10-2003
variety of social units as points of control. This paper attempts a
classification and description of the these linking elements within
a conventional society. It demonstrates the relationships between
these elements and delictive conduct and how they are interrelated.
Finally the question of sufficient motive is established in
relation to delictive conduct.
Key words: Control theory, delinquency, society, deviations.
“Mientras más débiles sean los grupos a los cuales pertenezca
[el individuo], menos dependerá él de ellos; por consiguiente,
el individuo dependerá más de sí mismo y no reconocerá
otras reglas de conducta que no se basen en sus
intereses particulares”1.
LOS ELEMENTOS DEL VÍNCULO
El apego
Cuando los sociólogos explican la conducta conformista hacen hincapié
justificable en la sensibilidad que el individuo manifiesta hacia la opinión
ajena2. Desgraciadamente, como ya se sugirió en el capítulo anterior
Travis Hirschi
8 Cap. Crim. Vol. 31, Nº 4 (Octubre-Diciembre 2003) 5-31
1 Emile Durkheim, Suicide (El Suicidio). Traducido por John A. Spaulding y George
Simpson. New York: The Free Press, 1951, p.209.
2 Libros enteros han sido escritos sobre la creciente importancia de la sensibilidad interpersonal
en la vida moderna. Según esta perspectiva, los controles internos han devenido
cada vez menos importantes frente a los controles externos en la producción de la conformidad.
Independientemente de la veracidad de la afirmación anterior como una descripción
de las tendencias históricas, puede sostenerse como cierto que la sensibilidad interpersonal
se ha vuelto más importante en la explicación de la conformidad. Aunque,
por lógica, la sensibilidad también debería haberse vuelto mas importante en la explicación
de la conducta desviada, en realidad ha ocurrido lo opuesto, lo cual demuestra una
vez más que la observación de Cohen, de que una explicación de la conformidad debe
ser una explicación de la conducta desviada no puede ser traducida como “una explicación
de la conformidad tiene que ser una explicación de la desviación”. Para el punto de
vista de que la sensibilidad interpersonal actualmente juega un mayor papel que antes en
la producción de la conformidad, ver William J. Goode, “Norm Commitment and Conformity
to Role-Status Obligations” (El Compromiso con las Normas y la Conformidad
de este libro, los sociólogos tienen la tendencia a sugerir que el hombre es
sensible a la opinión de los demás y en consecuencia excluyen la sensibilidad
de sus explicaciones sobre la conducta anómala. En cambio, los psicólogos
enfatizan la falta de sensibilidad a la opinión ajena cuando explican la
conducta desviada3. Desdichadamente, ellos también tienden a hacer caso
omiso de la variación y, además, se inclinan a unir de manera inextricable la
sensibilidad y otras variables con la finalidad de que formen parte de un síndrome
o “tipo”, y, por consiguiente, disminuyen apreciablemente su valor
como concepto explicativo. Al psicópata se le describe sólo parcialmente
cuando se hace referencia a términos como “un vínculo deficiente con los
demás o un afecto deficiente hacia ellos; una insuficiencia en la respuesta a
las motivaciones ordinarias que se fundamentan en el respeto o en la consideración
que se le deben al prójimo” (Martin y Fitzpatrick, 1964), también
se le caracteriza por cuestiones como “exceso de agresividad”, “falta de
control del superyo” y un “nivel infantil de respuesta”4. Desdichadamente
también, la conducta de la que se valen para explicar la psicopatía con frecuencia
forma parte de la definición de psicopatía. En consecuencia, para
decirlo con palabras de Bárbara Wootton, “[El psicópata] es…por excelencia,
y sin pena o limitación, el modelo de proceso circular mediante el cual
la anormalidad mental se infiere de la conducta antisocial, en tanto que la
conducta antisocial la explica la anormalidad mental” (Wootton, 1959).
Los problemas de diagnóstico, de tautología y de denominación se
evitarían si las dimensiones de la psicopatía se tratasen como relaciones
causales y por ende problemáticas, en lugar de tratarlas lógicamente y por
lo tanto entrelazándolas de manera obligatoria entre sí. De hecho, se puede
sostener que todas las características que se le atribuyen al psicópata son
Una teoría del control de la delincuencia 9
con las Obligaciones del Rol y el Status), American Journal of Sociology, LXVI (1960),
246-258. Y, también por supuesto, ver David Reisman, Nathan Glazer y Reuel Denney,
The Lonely Crowd (La Muchedumbre Solitaria) (Garden City, New York: Doubleday,
1950), especialmente la Parte I.
3 La literatura sobre la psicopatía es voluminosa. Ver William McCord y Joan McCord,
The Psychopath (El Psicópata) (Princetown: D. Van Nostrand, 1964).
4 Ibid. Sobre las características adicionales del psicópata, consulte McCord y McCord, The
Psychopath (El Psicópata), pp. 1-22.
consecuencia, o efectos de, su falta de vínculo con los demás. Afirmar que
esta carencia de apego a los demás se halla exenta de restricciones morales
es usar dicha carencia para explicar la falta de culpabilidad del psicópata, o
sea, el hecho de que él aparentemente no posee conciencia o superyo. Desde
este punto de vista, la carencia del apego a los demás no es solamente un
síntoma de psicopatía, sino que es la psicopatía; la falta de conciencia es solamente
otra manera de decir la misma cosa, y una de sus consecuencias es
(o puede ser) la violación de las normas.
De hecho, dado que el hombre es un animal, “la impulsividad” y “la
agresividad” también se pueden ver como consecuencias naturales de la ausencia
de las restricciones morales. Sin embargo, dado que la visión del
hombre como un ser dotado de tendencias y de facultades naturales como
cualquier otro animal no resulta particularmente del gusto de los sociólogos,
no es necesario recurrir a semejante visión para explicar la agresividad humana
amoral5. El proceso de enajenarse de los demás incluye con frecuencia
el conflicto interpersonal o se basa en él. Tal conflicto podría proporcionar
fácilmente un depósito de hostilidad derivada socialmente que sería suficiente
para justificar la agresividad de quienes tienen debilitados sus vínculos
con las demás personas.
Hace muchos años lo expresó Durkheim: “Somos seres morales en la
misma medida en que seamos seres sociales” (Durkheim, 1961). Esto puede
interpretarse para expresar que somos seres morales en la misma medida en
que hayamos “internalizado las normas” de la sociedad. Pero, ¿qué quiere
decir el que una persona haya internalizado las normas de la sociedad? Por
definición, las normas de la sociedad las comparten los miembros de esa sociedad.
Por consiguiente, violar una norma es actuar de modo contrario a
Travis Hirschi
10 Cap. Crim. Vol. 31, Nº 4 (Octubre-Diciembre 2003) 5-31
5 “La imposibilidad lógica [del argumento que existen fuerzas en el hombre que ‘se resisten
a la socialización’] fue hábilmente demostrada por Parsons hace más de 30 años, y
existe un amplio reconocimiento que esa postura es empíricamente deficiente porque supone
[!] algún sistema universal de impulsos biológicos claramente separado de la socialización
y del contexto social – una naturaleza humana básica e intransigente” (Judith
Blake y Kingsley Davis, “Norms, Values, and Sanctions”, (Las Normas, los Valores, y
las Sanciones) Handbook of Modern Sociology (Manual de Sociología Moderna), ed.
Robert E.L. Faris [Chicago: Rand McNally, 1964], p. 471).
los deseos y expectativas de las demás personas. Si a una persona no le importan
ni los deseos ni las expectativas de las demás personas, es decir, que
es insensible a la opinión de los demás, en esa medida, por lo tanto, no se
hallará sujeta a las normas. Es libre para desviarse.
La esencia de la internalización de las normas, la conciencia, o el superyo,
radica, entonces, en la vinculación del individuo con los demás6. Este
punto de vista tiene algunas ventajas sobre el concepto de internalización. Por
una parte, las explicaciones de la conducta desviada que se basan en el apego
no dan por sentado lo mismo que quieren probar, dado que el grado en el cual
una persona se vincula con las demás se puede medir con independencia de
su conducta desviada. Además, el cambio o la variación de la conducta se
puede explicar de manera de manera distinta que cuando se usen las nociones
de internalización o del superyo. Por ejemplo, es más probable que el hombre
divorciado cometa varios actos desviados después del divorcio, como el suicidio
o el fraude. Si le damos explicación a estos actos con referencia al superyo
(o el control interno), estaríamos obligados a decir que el hombre “perdió
su conciencia” cuando se divorció y que, por supuesto, si él se volviese a
casar, tendríamos que concluir que él la recuperará.
Esta dimensión del vínculo con la sociedad convencional se encuentra
en la mayor parte de la teoría y de la investigación centrada en el control social.
El “control interno” y el “control indirecto” de F. Ivan Nye se refieren
al mismo elemento, aunque evitamos el problema de explicar los cambios
que ocurren con el tiempo localizando la “conciencia” en el nexo con los
demás, en lugar de hacerlo parte de la personalidad (Nye, 1958). El apego a
los demás apenas es uno de los aspectos de los “controles personales” de
Albert J. Reiss; evitamos sus problemas de observaciones empíricas tautológicas
estableciendo que las relaciones que existen entre el apego y la delincuencia
son contrastables y no un asunto de definición7. Finalmente, el
Una teoría del control de la delincuencia 11
6 Aunque el apego por sí solo no agota los significados de la internalización, la combinación
del apego y de las creencias parecería dejar solo un residuo pequeño de “control interno”
que no es susceptible, en principio, de medición directa.
7 Albert J. Reiss, Jr., “Delinquency as the Failure of Personal and Social Controls” (La Delincuencia
como una Falla en los Controles Personales y Sociales), American Sociologi“
compromiso” o la “inversión en la conformidad” de Scott Briar e Irving
Piliavin incluye el apego, como lo ilustra su discusión, aunque los términos
que ellos usan se hallan asociados más estrechamente con el siguiente elemento
del vínculo a ser reseñado8.
El Compromiso
“De todas las pasiones, la que menos inclina a los hombres a quebrantar
las leyes es el miedo. Mejor aún, excepción hecha de algunas naturalezas
generosas, es la única cosa que les hace obedecer las leyes cuando parece
que se puede obtener provecho o placer al quebrantarlas” (Hobbes,
1957). Pocos podrían negar que los hombres obedecen de cuando en cuando
las reglas por el simple hecho de temer a las consecuencias. Este componente
racional de la conformidad lo denominamos compromiso. ¿Qué significa
decir que una persona está comprometida con la conformidad? En la
formulación de Hóward S. Becker significa lo siguiente:
Primero, el individuo se halla en una situación en la cual su
decisión, con respecto a una línea de acción particular, tiene
Travis Hirschi
12 Cap. Crim. Vol. 31, Nº 4 (Octubre-Diciembre 2003) 5-31
cal Review, XVI (1951), 196-207. Por ejemplo, “Nuestras observaciones indican…que
los reincidentes en la delincuencia con menor frecuencia son personas con ideales personales
maduros o roles sociales no delictivos” (p. 204).
8 Scott Briar y Irving Piliavin, “Delinquency, Situational Inducements, and Commitment
to Conformity” (Conducta Delictiva, Estímulos Situacionales, y el Compromiso con la
Conformidad), Social Problems, XIII (1965), 41-42. El concepto de “la inversión en la
conformidad” fue introducido por Jackson Toby en su trabajo sobre “Social Disorganization
and Stake in Conformity: Complementary Factors in the Predatory Behavior of Hoodlums”
(La Desorganización Social y la Inversión en la Conformidad: Factores Complementarios
en el Comportamiento Depredador de los Malandros), Journal of Criminal
Law, Criminology and Police Science, XLVIII (1957), 12-17. Ver también de este autor
“Hoodlum or Businessman: An American Dilemma” (Malandro o Empresario: Un Dilema
Americano), The Jews (Los Judíos), ed. Marshall Sklare (New York: The Free Press,
1958), pp. 542-550. A lo largo de este capítulo, ocasionalmente empleo “la inversión en
la conformidad” para referirme de manera general a la fuerza del vínculo entre el individuo
y la sociedad convencional. Empleado de esta manera, el concepto es algo más amplio
que para Toby o Briar y Piliavin, quienes utilizan lo mismo para referirse más o menos
a lo que aquí se denomina “compromiso”.
consecuencias para los intereses y las actividades de los demás
que no necesariamente se hallan relacionadas [directamente]
con ella. Segundo, él se ha colocado en dicha situación por
causa de sus acciones precedentes. Se halla presente un tercer
elemento, aunque éste es tan obvio como para no resultar aparente:
la persona comprometida tiene que poseer conocimiento
[de estos otros intereses] y tiene que reconocer que su decisión
en este caso tendrá ramificaciones que irán mucho más allá de
ella (Becker, 1969).
La idea es, pues, que la persona invierte tiempo, energía, su propio ser,
en una determinada línea de actividad, vale decir, educándose, levantando
un negocio, adquiriendo reputación de virtuosa. Debe de considerar los costos
de su conducta desviada y el riesgo que corre de perder la inversión
efectuada en la conducta convencional cuando estudie la posibilidad de
adoptar esa conducta desviada y cada vez que lo haga.
Si el apego a los demás representa el equivalente sociológico del superyo
o conciencia, el compromiso es el equivalente del yo o sentido común.
A la persona comprometida con las líneas de acción convencionales,
arriesgar de uno a diez años en prisión por un atraco de diez dólares le resulta
una estupidez, en razón de que los costos y los riesgos a todas luces
exceden el valor de los diez dólares. (Para los psicoanalistas, un acto de tal
jaez demuestra una deficiencia de la capacidad de gobernarse por el “principio
de la realidad”). En la teoría sociológica del control, se puede suponer, y
así se hace en líneas generales, que la decisión de cometer un acto delictivo
se puede determinar racionalmente, que la decisión del actor no fue irracional
dados los riesgos y los costos que él enfrenta. Desde luego, como hace
notar Becker, si el actor es capaz de alguna manera de calcular los costos de
una línea de acción, también será capaz de cometer errores de cálculo: en la
teoría del control, la ignorancia y el error regresan de nuevo como explicaciones
posibles de la conducta desviada.
El concepto de compromiso supone que la organización de la sociedad
es tal que los intereses de la mayoría de las personas se verían amenazados
si se entregasen a cometer actos delictivos. La mayoría de las personas, por
el mero hecho de vivir en una sociedad organizada, adquiere bienes, reputaciones
y posibilidades cuya pérdida no desea afrontar. Dichas acumulaciones
son el seguro que posee la sociedad de que ellas obrarán conforme a las
Una teoría del control de la delincuencia 13
reglas. Sobre esta premisa se basan muchas de las hipótesis que tratan sobre
los antecedentes de la conducta delictiva. Por ejemplo, la hipótesis de Arthur
L. Stinchcombe de que “la rebelión en el liceo… ocurre cuando el status
futuro no se halla relacionado claramente con el rendimiento actual”
(Stinchcombe, 1964) sugiere que uno está comprometido con la conformidad
no sólo por lo que se posee, sino también por lo que se espera obtener.
De tal manera, la “ambición” o la “aspiración”, o ambas, desempeñan un
papel importante en la producción de la conformidad. La persona se compromete
con una línea de acción convencional y, por consiguiente, se compromete
con la conformidad.
La mayoría de las líneas de acción en una sociedad son convencionales,
por supuesto. Los ejemplos más claros son las carreras educativas y
ocupacionales. Es probable que se eviten las acciones que se tengan como
amenazadoras de las propias oportunidades en dichas áreas. No deja de resultar
interesante que hasta los compromisos no convencionales pueden
obrar como productores de la conformidad convencional. Por lo menos se
nos ha dicho que a los jóvenes aspirantes a hacer carreras en las bandas delictivas
o de ladrones profesionales se les juzga por su “honestidad” y su
“confiabilidad”, rasgos que tradicionalmente son muy apreciados entre los
administradores que seleccionan el personal para office boys (mensajeros)9.
La Participación
Sin duda alguna, muchas personas le deben una vida virtuosa a una
falta de oportunidad de hacer lo contrario. El tiempo y la energía son limitados
por naturaleza: “Si se pudiese, no es que yo no fuese tanto hermoso
como gordo y bien vestido, gran atleta y ganar un millón al año; ingenioso,
sibarita y un as con las mujeres, así como filósofo, filántropo, hombre de
estado, guerrero y explorador del África, al igual que ‘compositor de poemas
sinfónicos’ y santo. Pero el asunto es sencillamente imposible” (James,
Travis Hirschi
14 Cap. Crim. Vol. 31, Nº 4 (Octubre-Diciembre 2003) 5-31
9 Richard A. Cloward y Lloyd E. Ohlin, Delinquency and Opportunity (Delincuencia y
Oportunidad) (New York: The Free Press, 1960), p. 147, citando a Edwin H. Sutherland,
ed., The Professional Thief (El Ladrón Profesional) (Chicago: University of Chicago
Press, 1937), p. 211-213.
1948). Las cosas que William James dice aquí que le gustaría ser o hacer
son todas, me parece, del dominio de lo convencional, pero si fuese a incluir
las acciones ilícitas él todavía tendría que eliminar algunas de ellas por
ser sencillamente imposibles.
La participación o la absorción en las actividades convencionales, en
consecuencia, frecuentemente forma parte de una teoría del control. La presunción,
ampliamente compartida, es que una persona sencillamente se puede
hallar tan ocupada en sus asuntos convencionales como para no encontrar el
tiempo necesario para comprometerse en una conducta desviada. La persona
que participa en las actividades convencionales se halla sujeta a citas, plazos,
horas laborales, planes y cosas por el estilo, de tal manera que rara vez se presenta
la oportunidad de cometer actos delictivos. En la medida en que esté sumergido
en sus actividades convencionales, no podrá ni siquiera pensar en los
actos desviados, y menos darle curso a sus inclinaciones10.
Esta línea de razonamiento es la responsable del hincapié que muchos
programas de reducción de la delincuencia hacen en las instalaciones recreativas,
de buena parte del interés que se pone en la deserción de la educación
media y de la idea de que los muchachos deberían prestar el servicio
militar con la finalidad de mantenerlos apartados de conductas problemáticas.
Esta idea que la participación en las actividades convencionales es el
principal elemento disuasivo contra la delincuencia es tan obvia y persuasiva
que fue aceptada hasta por Sutherland: “En el área general de la delincuencia
juvenil es probable que la diferencia de mayor trascendencia que
exista entre los jóvenes que se meten a delincuentes y los que no lo hacen es
que éstos últimos tienen abundantes oportunidades de tipo convencional
para satisfacer sus intereses recreativos, mientras que aquellos carecen de
oportunidades o de instalaciones”11.
Una teoría del control de la delincuencia 15
10 Pocas actividades parecen tan absorbentes como para impedir la contemplación de líneas
alternativas de comportamiento, por lo menos si tienen validez las estimaciones de la
cantidad de tiempo que pasan los hombres en la planificación de las desviaciones sexuales.
11 The Sutherland Papers (Los Papeles de Sutherland), ed. Albert K. Cohen y otros (Bloomington:
Indiana University Press, 1956), p. 37.
El punto de vista de que “la ociosidad es la madre de todos los vicios”
ha recibido un tratamiento más refinado en recientes escritos sociológicos sobre
la delincuencia. David Matza y Gresham M. Sykes, por ejemplo, sugieren
que los delincuentes tienen los valores de una clase ociosa, los mismos valores
atribuidos por Veblen a la clase ociosa: la búsqueda del placer, el desprecio
por el trabajo, el deseo de obtener una gran recompensa por poco esfuerzo
y la aceptación de la rudeza agresiva como prueba de masculinidad (Matza y
Sykes, 1961). Matza y Sykes explican la delincuencia con referencia a este
sistema de valores, pero ellos notan que los adolescentes de todas las clases
sociales son “hasta cierto punto” miembros de una clase ociosa, que ellos “se
mueven en un limbo situado entre la anterior dominación de los padres y la
futura integración a la estructura social mediante los lazos del trabajo y el
matrimonio”12. Al final, pues, el ocio del adolescente produce un conjunto de
valores, los cuales, a su vez, llevan a la delincuencia.
Las Creencias
A diferencia de la teoría cultural de la desviación, la teoría del control
supone la existencia de un sistema de valores común a la sociedad o grupo
cuyas normas se están violando. Si el desviado se halla comprometido con
un sistema de valores diferente del de la sociedad convencional, no habría
nada que explicar, en el contexto de la teoría. La pregunta es “¿Por qué un
hombre viola las reglas en las cuales cree?” y no “¿Por qué los hombres difieren
en sus creencias sobre lo que es la conducta buena y deseable?” Se
supone que la persona ha sido socializada (quizá de manera imperfecta) en
el grupo cuyas reglas él viola; la desviación no es cuestión de que un grupo
le imponga sus reglas a los miembros de otro grupo. En otras palabras, no
sólo suponemos que el desviado ha creído en dichas reglas, sino que suponemos
que él cree en las reglas aun cuando las viola.
¿Cómo puede una persona creer que es inaceptable robar al mismo
tiempo que roba? Este problema no resulta de ninguna dificultad para la
teoría de la frustración13. (De hecho, como se sugirió en el capítulo anterior,
Travis Hirschi
16 Cap. Crim. Vol. 31, Nº 4 (Octubre-Diciembre 2003) 5-31
12 Ibid., p. 718.
la teoría de la frustración se diseñó específicamente para tratar esta cuestión).
Es tan fuerte la motivación hacia la desviación que alegan los teóricos
de la frustración que podemos entender bien el acto delictivo, incluso si se
asume que el infractor cree firmemente que éste es inaceptable14. Pese a lo
anterior, dados los supuestos de la teoría del control sobre la motivación, si
tanto el infractor como el no infractor creen que el acto desviado es inaceptable,
¿cómo explicamos el hecho de que uno lo comete y el otro no?
Las teorías del control han enfocado este problema de dos maneras.
En un enfoque, las creencias se tratan como meras palabras que significan
poco o nada si faltan las otras formas de control. La “demencia semántica”,
la disociación entre las facultades racionales y el control emocional que se
dice que es característica del psicópata, ilustra este modo de abordar el problema
(McCord y McCord). En resumen, las creencias desaparecen del cuadro,
por lo menos hasta donde se encuentran expresadas en palabras. Dado
que ellas no diferencian entre infractores y no infractores, ellas se hallan localizadas
en la misma clase como “el lenguaje” o cualquier otra característica
común a todos los miembros del grupo. Dado que ellas no representan
ningún obstáculo de verdad para la comisión de actos delictivos, no es necesario
decir nada sobre la manera como las tratan quienes cometen tales actos.
Se puede suponer que las teorías del control que no mencionan las creencias
(o valores), y muchas no lo hacen, adoptan este enfoque.
El segundo enfoque argumenta que el desviado racionaliza su conducta
de tal manera que él puede a la vez violar la regla y mantener su creencia
en ella. Donald R. Cressey ha propuesto este argumento con respecto a la
estafa (Cressey, 1953), y Sykes y Matza lo han propuesto con respecto a la
delincuencia (Sykes y David Matza, 1957). Tanto en el tratamiento de
Una teoría del control de la delincuencia 17
13 Nota del traductor: El texto en inglés se refiere a strain theory, la cual abarca, al nivel
colectivo, la teoría de la anomia y al nivel individual la teoría de la frustración-agresión.
Strain indica, literalmente, tensión; pero quizás se traduce mejor en este contexto como
frustración.
14 La imagen evocada en la mayoría de las teorías de la frustración es la del hombre hambriento
que hurta un pan. En esta imagen, la creencia del hambriento en lo inaceptable de
su acto no es, evidentemente, algo que se tiene que eliminar por la vía de la explicación.
Se puede suponer su presencia sin causar problemas para la explicación.
Cressey como en el de Sykes y Matza, dichas racionalizaciones (Cressey las
denomina “verbalizaciones”, Sykes y Matza las denominan “técnicas de
neutralización”) aparecen antes de cometer el acto desviado. Si la neutralización
resulta exitosa, la persona se halla libre para cometer el(los) acto(s)
en cuestión. Tanto Cressey como Sykes y Matza opinan que la frustración
que incita a hacer el esfuerzo hacia la neutralización también proporciona la
fuerza motivadora que da por resultado el posterior acto desviado. En consecuencia,
sus teorías son, en este sentido, teorías de la frustración. La neutralización
es difícil de manejar en el contexto de una teoría que se adhiere
firmemente a los supuestos de la teoría del control, debido a que en las teorías
del control no hay una fuerza motivacional especial que explique la
neutralización. Esta dificultad es especialmente evidente en el tratamiento
que Matza le ha dado posteriormente a este tópico, donde el componente
motivacional, la “voluntad de delinquir” aparece después que se ha creado
el vacío moral con las técnicas de neutralización (Matza, 1964). La cuestión
entonces se convierte en ¿por qué neutralizar?
Al intentar resolver el problema inherente a la teoría de la frustración
con las herramientas de la teoría del control, el teórico del control cae consecuentemente
en una trampa: no puede responder la cuestión crucial. El
concepto de neutralización supone la existencia de obstáculos morales que
impedirían la comisión de los actos desviados. Con la finalidad de explicar
de manera plausible un acto delictivo, se hace necesario generar una motivación
a la infracción que equivale en fuerza por lo menos a la resistencia
que producen los obstáculos morales. Sin embargo, si se eliminan los obstáculos
morales, ya no se necesitan la neutralización y la motivación especial.
Debido a ello, seguimos la lógica implícita en la teoría del control y eliminamos
dichos obstáculos morales por hipótesis. Muchas personas no observan
una actitud de respeto hacia las reglas de la sociedad; muchas personas
no sienten obligación moral ninguna de ajustarse a ellas, a pesar de la ventaja
personal. En la medida en que los valores y creencias de estas personas
sean congruentes con sus sentimientos, y debería existir una tendencia hacia
la congruencia, se hace innecesaria la neutralización; porque ya la neutralización
ha ocurrido.
¿Retrocede esto la cuestión y al mismo tiempo genera conflicto con la
suposición de que existe un sistema de valores comunes? Creo que no. En
Travis Hirschi
18 Cap. Crim. Vol. 31, Nº 4 (Octubre-Diciembre 2003) 5-31
primer lugar, no suponemos, como sí lo hace Cressey, que la neutralización
aparece con el fin de hacer posible un acto criminal15. No suponemos, como
sí lo hacen Sykes y Matza, que la neutralización aparece para que muchos
actos delictivos se hagan posibles. No suponemos, en otras palabras, que la
persona construye un sistema de racionalizaciones con el fin de justificar la
comisión de actos que él desea cometer. En contraste, nosotros suponemos
que las creencias que le permiten a un hombre cometer actos desviados son
inmotivadas en el sentido de que él no las construye o las adopta con el fin
de facilitar la consecución de fines ilícitos. En segundo lugar, no suponemos,
como sí lo hace Matza, que los “delincuentes coinciden en la apreciación
convencional de la delincuencia”16. Suponemos, en cambio, que existe
una variación en el grado en el que la gente cree que debe obedecer las reglas
de la sociedad y, además, que mientras menos crea una persona que
debe obedecer las reglas, mayor será la probabilidad de violarlas17.
En orden cronológico, pues, las creencias que tenga una persona en la
validez de las normas se hallan debilitadas, sin ninguna razón teleológica.
En consecuencia, hay un incremento de las probabilidades de que ella cometa
actos delictivos. Cuando ella cometa un acto delictivo, y si lo llega a
hacer, podremos usar de manera justificable la debilidad de sus creencias
para explicarlo, pero no se necesita ninguna motivación especial que expli-
Una teoría del control de la delincuencia 19
15 Al afirmar que es inválida la suposición de Cressey con respecto a la delincuencia, no
quiero sugerir que la misma sea inválida para el caso del desfalco, donde el problema
que enfrenta el desviado es más o menos específico y se puede suponer con cierta razón
que éste sea un ciudadano probo. (Sin embargo, aún aquí el hecho de que el problema financiero
del desfalcador -un problema que no se puede compartir con los demás- frecuentemente
resulta de alguna clase de tejemaneje sugiere que las “verbalizaciones” podrían
ser menos necesarias de lo que en otros casos podría suponerse).
16 Delinquency and Drift (Delincuencia y Deriva), p. 43.
17 Me parece que este supuesto no se contradice por la evidencia presentada por Matza en
contra de la existencia de una subcultura delictiva. Al comparar las actitudes y acciones
de los delincuentes con la imagen de ellos ofrecidos por los teóricos de la subcultura delictiva,
Matza enfatiza -y quizás exagera- la fuerza del vínculo entre los delincuentes y el
orden convencional. Al comparar, de manera implícita, los delincuentes y el hombre moral,
yo enfatizo -y quizás exagero- la debilidad de su vínculo con el orden convencional.
que bien sea la debilidad de sus creencias o, quizás, bien sea su acto delictivo.
El fundamento principal de este argumento es, desde luego, la suposición
de que hay una variación en la creencia en la validez moral de las normas
sociales. Esta suposición es sometible a una prueba empírica directa y
de esa manera puede sobrevivir por lo menos hasta que se le confronte por
primera vez con los datos. Por ahora, debemos volver a la idea de un sistema
de valores comunes con la cual se comenzó esta sección.
La idea de un sistema de valores comunes (o quizás mejor, un solo sistema
de valores) es coherente con el hecho, o presunción, de la variación de
la intensidad de las creencias morales. No hemos sugerido que la delincuencia
se basa en creencias contrarias a la moralidad convencional; no hemos sugerido
que los delincuentes no creen que los actos delictivos son inaceptables.
Puede que ellos crean muy bien que estos actos son inaceptables, pero el significado
y la eficacia de tales creencias dependen de otras creencias y, en realidad,
sobre la fuerza de otros vínculos con el orden convencional18.
LAS RELACIONES ENTRE LOS ELEMENTOS
En general, mientras una persona se encuentre atada más firmemente a
la sociedad convencional de cualquiera de estas maneras, será más probable
que también se encuentre atada más firmemente de las otras maneras. La
persona que es sensible a las opiniones de la gente convencional, por ejemplo,
tiene mayor probabilidad de participar en las actividades convencionales
y de aceptar las nociones convencionales de conducta deseable. De las
seis combinaciones posibles de elementos, tres parecen ser de particular importancia
y en consecuencia se discutirán con mayor detalle.
Travis Hirschi
20 Cap. Crim. Vol. 31, Nº 4 (Octubre-Diciembre 2003) 5-31
18 La perspectiva adoptada aquí se ubica, pues, en algún lugar entre la “demencia semántica”
y las “neutralizaciones”. Suponiendo que existe variación, el delincuente tiene mayor
libertad, en los casos extremos, de la que le atribuye el argumento sobre neutralización.
Aunque todavía queda la posibilidad de una amplia discrepancia entre lo que pregona el
delincuente y lo que hace, la misma es presumiblemente mucho más rara de lo que sugieren
los estudios sobre los “psicópatas” elocuentes.
Apego y Compromiso
Con frecuencia se sugiere que el apego y el compromiso (en el sentido
en que estos términos se emplean aquí) tienden a variar de manera inversa.
Así, según la investigación sobre la delincuencia, uno de los “problemas”
de un adolescente de clase baja es que no es capaz de romper los lazos que
lo atan a los padres y a los pares, lazos que le impiden dedicarle el tiempo y
la energía suficientes para cumplir las aspiraciones educativas y ocupacionales.
De esa manera, su apego se entiende como un impedimento para la
adquisición de los compromisos convencionales19. Según la investigación
sobre la estratificación, el muchacho de clase baja que se libera de este apego
tiene mayor probabilidad de movilidad hacia arriba20. Ambas perspectivas
de investigación sugieren de esta manera que los que se hallan atados a
la conformidad por razones instrumentales tienen menores probabilidades
de hallarse atados a la conformidad por lazos emocionales a los otros seres
convencionales. Si la persona carente de apego se compensa de su falta de
vínculo mediante un compromiso para la superación personal, y si el falto
de compromiso resuelve su falta de compromiso apegándose más con las
personas, podríamos concluir que ni el apego ni el compromiso se relacionarán
con la delincuencia.
En realidad, a pesar de la aparente evidencia en contrario, yo creo que
se puede suponer que el apego a los otros seres convencionales y el compromiso
con el logro tienden a variar en conjunto. El hallazgo frecuente de
que es probable que los muchachos de clase media escojan valores instru-
Una teoría del control de la delincuencia 21
19 La idea de que el muchacho de clase media tiene menor relación con sus pares de la que
tiene el muchacho de clase baja ha sido ampliamente adoptada en la literatura sobre la
delincuencia. Las relaciones “frías y racionales” del muchacho de clase media con sus
pares representan el caso opuesto de las relaciones “cálidas y espontáneas” del muchacho
de clase baja. Ver, por ejemplo, Albert K. Cohen, Delinquent Boys (Muchachos Delincuentes)
(New York: The Free Press, 1955), pp. 102-109.
20 La evidencia a favor de esta proposición se encuentra resumida en Seymour M. Lipset y
Reinhard Bendix, Social Mobility in Industrial Society (La Movilidad Social en la Sociedad
Industrial) (Berkeley: University of California Press, 1959), especialmente pp.
249-259. Por ejemplo: “Estos [empresarios] muestran rasgos fuertes de independencia,
se caracterizan por una incapacidad de formar relaciones íntimas y, en consecuencia,
siempre son hombres socialmente aislados” (p. 251).
mentales en lugar de los de la familia y la amistad, en tanto que es cierto lo
contrario para los muchachos de clase baja, no se puede interpretar apropiadamente,
creo yo, como que signifique que los muchachos de clase media
se hallan menos conectados con sus padres y sus pares que los muchachos
de clase baja. Es muy probable que el modelo metodológico de suma cero
que produzca tales hallazgos sea engañoso21. Además, aunque muchas de
las características de los que se mueven de manera ascendente, a los cuales
aludieron Seymour M. Lipset y Reinhard Bendix, se podrían considerar
como las consecuencias más que como las causas de la movilidad, no se
hace necesaria una crítica metodológica de estos estudios para concluir que
podríamos esperar encontrar una relación positiva entre el apego y el compromiso
en los datos que se presentan aquí. El estudio actual y el único estudio
que Lipset y Bendix citan como en desacuerdo con su conclusión general
de que quien posee movilidad ascendente proviene de hogares en los
cuales las relaciones interpersonales fueron insatisfactorias, se basaron ambos
en muestras que se tomaron entre estudiantes de educación media22.
Como lo hacen notar Lipset y Bendix, tales estudios se enfocan necesariamente
más en las aspiraciones que en la verdadera movilidad. Por el momento,
parece ser, tenemos que escoger entre los estudios que se fundamentan
en las esperanzas que se tienen para el futuro ocupacional y los que se
fundamentan en la construcción o la reconstrucción del pasado familiar. Es
interesante hacer notar que es probable que aquellos tengan por lo menos
tanta validez como éstos.
Compromiso y Participación
Los actos delictivos son sucesos. Aparecen en puntos específicos del
espacio y del tiempo. Para que ocurra un acto delictivo es necesario, como
resulta cierto en todos los sucesos, que converja una serie de cadenas causales
en un momento dado en el tiempo. Los sucesos son difíciles de predecir,
y la especificación de algunas de las condiciones necesarias para que ellos
Travis Hirschi
22 Cap. Crim. Vol. 31, Nº 4 (Octubre-Diciembre 2003) 5-31
21 Las asociaciones entre las mediciones del apego y del compromiso se examinan en el
Capítulo VIII.
22 Social Mobility (La Movilidad Social), p. 253.
ocurran a menudo deja un gran residuo de indeterminación. Por ejemplo,
decir que un muchacho se halla libre de ataduras con la sociedad convencional
no quiere decir que él cometerá necesariamente actos delictivos; puede
que sí y puede que no. Todo cuanto podemos decir con certeza es que él
tiene mayor probabilidad de cometer actos delictivos que el muchacho que
se halla fuertemente unido a la sociedad convencional.
Es tentador hacer virtud de este defecto y exponer una “teoría probabilística”,
dado que ella, y únicamente ella, es congruente con “los hechos”
(Briar y Piliavin). No obstante eso, se debe resistir esta tentación. La virtud
principal de la teoría del control no es que dependa de las condiciones que
hacen posible la delincuencia mientras que otras teorías dependen de las
condiciones que hacen necesaria la delincuencia. Por el contrario, en cuanto
a lo que se refiere a su estructura lógica, estas teorías son superiores a la
teoría del control, y si ellas fuesen empíricamente tan adecuadas como la
teoría del control, no dudaríamos en interceder por su adopción preferencial
sobre la teoría del control.
Pero ellas no son tan adecuadas, y en consecuencia tenemos que buscar
reducir la indeterminación que hay en la teoría del control. Una de las áreas
de posible desarrollo es la referente al enlace que existe entre los elementos
del vínculo que afectan la probabilidad de rendirse a la tentación y los que
afectan la probabilidad de que uno se encontrará expuesto a la tentación.
La relación más obvia en este sentido se observa entre las aspiraciones
educativas y las ocupacionales (compromiso) y la participación en las actividades
convencionales. Podemos intentar demostrar cómo el compromiso limita
las oportunidades de cometer actividades delictivas y por lo tanto se escapa
del supuesto implícito en muchas teorías del control de que tales oportunidades
se distribuyen simplemente al azar en toda la población bajo estudio.
Apego y Creencia
Parece evidente que hay una relación más o menos directa entre el
apego a los demás y la creencia en la validez moral de las normas. La relación
que aceptamos aquí y que intentaremos documentar la describe Jean
Piaget:
Una teoría del control de la delincuencia 23
No es el carácter obligatorio de la regla dictada por un individuo
el que nos hace respetarlo, es el respeto que sentimos por
el individuo el que nos hace considerar obligatoria la regla
dictada por él. El surgimiento de este sentido del deber en un
niño le da entrada en este caso a la explicación más sencilla; o
sea, la de que él recibe órdenes de los niños mayores (en el
juego) y de los adultos (en la vida), y que él respeta a los niños
mayores y a los padres (Piaget, s/f).
En resumen, “el respeto es la fuente de la ley”23. En la medida en que
el niño respete (ame y tema) a sus padres y a los adultos en general, él aceptará
sus reglas. Por el contrario, en la medida en que el respeto se halle socavado,
las reglas tenderán a perder su carácter obligatorio. Se supone que
la creencia en el carácter obligatorio de las reglas mantendrá hasta cierto
punto su eficacia de producir conformidad, incluso si ya no existe el respeto
que le dio vida. También se supone que el apego puede producir conformidad
hasta en contra de las creencias que son favorables a la inconformidad.
En resumen, se supone que estas dos fuentes de conducta moral poseen un
efecto independiente que justifica su separación, a pesar de que se relacionan
bastante y de manera compleja.
¿EL VÍNCULO CON QUÉ?
Los teóricos del control sugieren a veces que el apego a cualquier objeto
situado fuera de uno, sea la patria chica, el cielo estrellado o la mascota
de la familia, fomenta la conducta moral (Durkheim). Aunque parezca obvio
que algunos objetos son más importantes que otros y que los objetos importantes
tienen que identificarse si los elementos del vínculo van a producir
las consecuencias que sugiere la teoría, ha resultado particularmente insatisfactoria
una clasificación a priori de los objetos de vínculo. Por ejemplo,
Durkheim concluye que los tres grupos para los cuales el vínculo es lo
más importante para la producción de moralidad son la familia, la nación y
la humanidad. Él concluye, además, en que la nación es el más importante
Travis Hirschi
24 Cap. Crim. Vol. 31, Nº 4 (Octubre-Diciembre 2003) 5-31
23 Ibid., p.379.
de ellos24. Todo lo cual, dada la mayoría del pensamiento contemporáneo
sobre las virtudes del patriotismo25, ilustra de manera bastante conveniente
la dificultad planteada por interrogantes tales como: ¿Qué resulta más importante
para controlar la delincuencia, el padre o la madre, la familia o la
escuela?
Aunque en general la teoría de la delincuencia ha tomado posición en
muchas de las inquietudes relacionadas con la importancia relativa de las
instituciones (por ejemplo, que la escuela es más importante que la familia),
la teoría del control ha permanecido decididamente ecléctica, en parte debido
a que cada uno de los elementos del vínculo dirige la atención a diferentes
instituciones. Por tales razones, intentaré una especificación de las unidades
con las cuales se establece el vínculo como un problema de la interpretación
empírica de la teoría del control, y no aventuraré en este momento
afirmar cuál sería la de mayor o menor importancia.
¿DÓNDE ESTÁ LA MOTIVACIÓN?
La pregunta más desconcertante que enfrenta el teórico del control
reza algo así: “Sí, ¿pero por qué lo hacen?” En los buenos tiempos, el teórico
del control podía sencillamente quitar la “capa de la civilización” y revelar
los “impulsos animales” del hombre para que todos los vieran. A él le
parecía (y aparentemente también a su audiencia) que estos impulsos ofrecían
una explicación plausible de la motivación al delito y a la delincuencia.
Su argumento no era que únicamente los delincuentes y los criminales son
animales, sino que todos nosotros somos animales, y por ello todos somos
inherentemente capaces de cometer actos delictivos. No hubo que realizar
un gran estudio para revelar que los niños, los pollos y los perros ocasionalmente
asaltan y roban a sus iguales; que los niños, los pollos y los perros
Una teoría del control de la delincuencia 25
24 Ibid., pp. 73-79.
25 Después de todo, Durkheim distingue entre el patriotismo que conduce a la preocupación
por los problemas domésticos y el patriotismo que enfatiza las relaciones exteriores (especialmente,
el tipo de patriotismo que pone “el sentimiento nacional en conflicto con
los compromisos de la humanidad”).
también se comportan por períodos relativamente prolongados de manera
perfectamente moral. Desde luego que los actos de los pollos y los perros
no son un “asalto” o un “robo”, y que tal conducta no es “moral”; es sencillamente
la conducta de un pollo o de un perro. El pollo que le roba el maíz
a su vecino no sabe nada de ley moral; él no desea violar las normas; él
simplemente desea comer maíz. El perro que de manera maliciosa destruye
una almohada o que ataca de manera criminal a otro perro es el equivalente
moral del pollo. No se necesita ninguna motivación a la desviación que explique
estos actos. De igual manera, tampoco se requería ninguna motivación
especial para explicar los actos delictivos del animal humano.
Los tiempos han cambiado. Ya no resulta de buen tono (por lo menos
en la esfera sociológica) referirse a los impulsos animales. El teórico del
control tendía cada vez más a quitarle énfasis al componente motivacional
de esta teoría. Quizás el se refería inicialmente a las “necesidades humanas
universales” o algo por el estilo, pero rara vez hacía alusión a la fuerza
impulsora detrás del delito y la delincuencia. Al mismo tiempo, sus explicaciones
del delito y la delincuencia dejaban al lector con desasosiego creciente.
¿Qué está asumiendo el teórico del control?, se preguntaba el lector.
Albert K. Cohen y James F. Short responden la pregunta del siguiente
modo:
…es importante señalar una limitación importante de los dos
tipos de teorías. Ellas [las teorías del conflicto de culturas y de
la desorganización social] son ambas teorías del control en el
sentido de que explican la delincuencia en términos de la ausencia
de controles efectivos. Por consiguiente, parecen implicar
un modelo de motivación que supone que el impulso a la
delincuencia es una característica inherente a la gente joven y
que no necesita explicación alguna; que es algo que brota
cuando se quita la tapa, verbigracia, las restricciones culturales
internalizadas o la autoridad externa26.
Travis Hirschi
26 Cap. Crim. Vol. 31, Nº 4 (Octubre-Diciembre 2003) 5-31
26 Ver su “Juvenile Delinquency” (Delincuencia Juvenil) en Contemporary Social Problems
(Problemas Sociales Contemporáneos) ed. Robert K. Merton y Robert A. Nisbet
(New York: Harcourt, Brace and World, 1961), p. 106.
Hay algunas reacciones posibles y creo que razonables a esta crítica.
Una reacción sería simplemente reconocer el supuesto, convenir en que uno
supone lo que los teóricos del control siempre han supuesto con respecto a
la motivación al delito – que es constante en todas las personas (por lo menos
dentro el sistema en cuestión): “No hay ninguna razón para suponer que
sólo quienes finalmente cometen un acto delictivo de ordinario tienen el impulso
de hacerlo. Es mucho más probable que la mayoría de la gente experimente
impulsos desviados frecuentemente. Por lo menos en la fantasía, la
gente es mucho más desviada de lo que parece”27. Con seguridad no hay
nada inadecuado en hacer tal suposición. Somos libres de suponer cualquier
cosa que queramos suponer; la verdad de nuestra teoría se presume sujeto
de una prueba empírica (Cohen, 1966).
Una segunda reacción, que quizás implica alguna sutileza, es la de defender
la lógica de la teoría del control y la de negar la suposición ya aludida.
Podemos decir que el hecho de que la teoría del control sugiera que la
ausencia de algo causa la delincuencia no es una crítica aceptable, dado que
las relaciones negativas poseen tanta pretensión de aceptabilidad científica
como la que poseen las relaciones positivas28. También podemos decir que
la teoría actual no le imputa a nadie un impulso inherente hacia la delincuencia29,
por el contrario, le niega la necesidad de tal imputación: “Los de-
Una teoría del control de la delincuencia 27
27 Howard S. Becker, Outsiders (Extraños) (New York: The Free Press, 1963), p. 26. Ver
también Kate Friedlander, The Psycho-Analytic Approach to Juvenile Delinquency (El
Enfoque Psico-Analítico sobre la Delincuencia Juvenil) (New York: International Universities
Press, 1947), p. 7.
28 Con frecuencia he oído la afirmación “es una explicación basada en la ausencia de algo”
empleada como si fuera una crítica altamente poderosa de la teoría sociológica. Aunque
los orígenes de esta opinión me sean desconocidos, el hecho de que la misma parece gozar
de cierta plausibilidad sugiere una de las fuentes del desasosiego frente a la teoría del
control.
29 La afirmación “es un argumento basado en el ello” que se emplea para descartar las explicaciones
de la conducta desviada supone que los fundadores de la sociología de alguna
manera demostraron que la sangre del hombre no es ni tibia ni roja, sino espiritual. La
trampa intelectual se cierra, como debe ser, sobre el contra-supuesto de que los impulsos
innatos de agresividad y destrucción circulan por las venas. La solución no está en aceptar
ambas perspectivas sino en rechazar las dos.
seos y otras pasiones del hombre no son pecados en sí mismos. Ni lo son en
mayor grado las acciones que proceden de esas pasiones, hasta que tropiezan
con una ley que las prohíbe”30.
Una tercera reacción es la de aceptar la crítica como válida, conceder
que una explicación completa de la delincuencia proporcionaría el impulso
necesario, y proceder a construir una explicación de la motivación que sea
coherente con la teoría del control. Briar y Piliavin suministran una motivación
situacional: “Suponemos que estos actos se hallan incitados por deseos
de corto plazo inducidos situacionalmente que experimentan todos los muchachos
con el fin de conseguir bienes apreciados, demostrar valor en presencia
de los pares, o ser leal a ellos, atacar a alguien a quien se le tiene antipatía
o simplemente conseguir gratificación” (Briar y Piliavin). También
Matza está de acuerdo con que la delincuencia no se puede explicar sencillamente
por la eliminación de los controles:
La delincuencia es acción sólo como epifenómeno… en esencia
es una infracción. Es conducta quebrantadora de las normas
llevada a cabo por jóvenes que saben que están violando
la ley y que conocen la naturaleza de su acción y la hacen lícita
mediante la neutralización de los elementos de infracción.
Así, Cohen y Short tienen razón fundamentalmente cuando insisten
en que la teoría del control social se halla incompleta a
Travis Hirschi
28 Cap. Crim. Vol. 31, Nº 4 (Octubre-Diciembre 2003) 5-31
30 Thomas Hobbes, Leviathan (El Leviatán), p. 83. Dada la historia de la respuesta sociológica
a Hobbes, es instructivo comparar las imágenes de la motivación que subyace en el
acto desviado construidas por Hobbes y por Talcott Parsons. Según Parsons, la motivación
a desviarse constituye un rasgo psicológico o una necesidad que el desviado lleva
consigo en todo momento. Esta necesidad es en sí misma desviada: no puede ser satisfecha
por la conformidad. Los controles sociales apenas figuran como factores de la realidad
que determinan la forma y la manera en que esta necesidad será satisfecha. Si se obstruye
uno de los caminos a la conducta desviada, el desviado continuará su búsqueda
hasta encontrar una vía libre hacia ella. Quizás el hecho de que esta necesidad resulta del
conflicto interpersonal, y de esa manera tiene un origen social, hace que la imagen resultante
del desviado, la de un ser fundamentalmente inmoral quien comete la maldad porque
es maldad, haya sido obviado por aquellos que objetan la tendencia del teórico del
control de depender de las propensiones naturales como una fuente de energía que lleva a
las actividades que la sociedad considera inaceptables. Ver Talcott Parsons, The Social
System (El Sistema Social) (New York: The Free Press, 1951), Capítulo 7.
menos que suministre un impulso por medio del cual se convierta
en acto el potencial para la delincuencia31.
El impulso que Matza proporciona es un “sentimiento de desesperación”
causado por una “predisposición al fatalismo”, “la experiencia de verse
uno mismo como efecto” en lugar de cómo causa. En una situación en la
cual se enfatiza la hombría, el hecho de ser atropellado lleva a la predisposición
al fatalismo, la cual a su vez produce un sentimiento de desesperación.
Con la finalidad de aliviar su desesperación, con la finalidad de deshacerse
del sentimiento de fatalismo, el muchacho “hace que sucedan las cosas”:
comete actos delictivos32.
Hay algunas explicaciones adicionales del “por qué lo hacen” que en
mi concepto son persuasivas y al mismo tiempo compatibles en general con
la teoría del control33, pero aunque todas estas explicaciones pueden que
sean compatibles con la teoría del control, de ninguna manera se pueden deducir
de ella. Es más, pocas veces le atribuyen al delincuente una motivación
incorporada y peculiar: él intenta satisfacer los mismos deseos, y reacciona
a las mismas presiones que los otros muchachos (como se desprende
claramente, por ejemplo, de la cita anterior de Briar y Piliavin). En otras palabras,
si se les incluye, estas explicaciones de la motivación tendrían en la
teoría la misma función que los “impulsos animales” han tenido tradicionalmente:
ellas podrían aumentar su capacidad persuasiva y su plausibilidad,
Una teoría del control de la delincuencia 29
31 Delinquency and Drift (Delincuencia y Deriva), p. 182.
32 Matza nos advierte que no podemos tomar el sentimiento de desesperación fuera de contexto
y esperar encontrar diferencias importantes entre delincuentes y otros muchachos:
“Que el delincuente subcultural no sea significativamente diferente de otros muchachos
es, precisamente, el argumento” (ibid., p. 89).
33 Por ejemplo: Carl Werthman, “The Function of Social Definitions in the Development of
Delinquent Careers” (La Función de las Definiciones Sociales en el Desarrollo de las Carreras
Delictivas), Juvenile Delinquency and Youth Crime (Delincuencia Juvenil y Delitos
de los Jóvenes), Report of the President’s Comission on Law Enforcement and Administration
of Justice (Washington: USGPO, 1967), pp. 155-170; Jackson Toby, “Affluence
and Adolescent Crime” (La Afluencia y la Delincuencia de los Adolescentes), ibid.,
pp. 132-144; James F. Short, Jr., y Fred L. Strodtbeck, Group Process and Gang Delinquency
(El Proceso Grupal y la Delincuencia en Pandilla) (Chicago: University of Chicago
Press, 1965), pp. 248-264.
pero les agregaría poco más, dado que no establecen diferencias entre delincuentes
y no delincuentes.
Para finalizar, pues, la teoría del control sigue siendo lo que siempre
ha sido: una teoría en la cual la desviación no resulta problemática. La
interrogante de ¿por qué lo hacen? simplemente no es la interrogante para
cuya contestación se diseñó la teoría. La interrogante es ¿por qué no lo
hacemos nosotros? Hay mucha evidencia de que lo haríamos si nos
atreviésemos.
LISTA DE REFERENCIAS
BECKER, Howard S. “Notes on the Concept of Commitment” (Apuntes Sobre
el Concepto de Compromiso), American Journal of Sociology LXVI
(1969), p. 25-26.
BRIAR y PILIAVIN. Situational Inducements (Estímulos Situacionales), p. 36.
BRIAR y PILIAVIN. Situational Inducements (Estímulos Situacionales), p. 45.
COHEN, Albert K. Deviance and Control (Desviación y Control). Englewood
Cliffs, NJ: Prentice-Hall, 1966, pp. 59-62.
CRESSEY, Donald R. Other People’s Money (El Dinero de Otros). New
York: The Free Press, 1953.
DURKHEIM, Emile. Moral Education (La Educación Moral), traducido por
Everett K. Wilson y Herman Schnurer. New York: The Free Press, 1961, p. 64.
DURKHEIM, Emile. Moral Education (La Educación Moral), p. 83.
HOBBES, Thomas. Leviathan (El Leviatán). Oxford: Basil Blackwell, 1957,
p. 195.
IVAN NYE, F. Family Relationships and Delinquent Behavior (Las Relaciones
en Familia y la Conducta Delictiva). New York: Wiley, 1958, pp. 5-7.
JAMES, William. Psychology (Psicología). Cleveland: World Publishing
Company, 1948, p. 186.
MARTIN, John M. y FITZPATRICK, J.P. Delinquent Behavior (El Comportamiento
Delictivo). New York: Random House, 1964, p.130.
Travis Hirschi
30 Cap. Crim. Vol. 31, Nº 4 (Octubre-Diciembre 2003) 5-31
MATZA, David y SYKES, Gresham M. “Juvenile Delinquency and Subterranean
Values” (La Delincuencia Juvenil y los Valores Subterráneos), American
Sociological Review, XXVI. 1961. 712-719.
MATZA, David. Delinquency and Drift (Delincuencia y Deriva). New York:
Wiley, 1964, pp. 181-191.
McCORD y McCORD. The Psychopath (El Psicópata), pp. 12-15.
PIAGET, Jean. The Moral Judgment of the Child (El Juicio Moral en el
Niño), trad. Marjorie Gabain. New York: The Free Press, sin fecha, p.101.
STINCHCOMBE, Arthur L. Rebellion in a High School (La Rebelión en un
Liceo). Chicago: Quadrangle, 1964, p. 5.
SYKES, Gresham M. y MATZA, David. “Techniques of Neutralization: A
Theory of Delinquency” (Las Técnicas de Neutralización: Una Teoría de la
Delincuencia), American Sociological Review, XXII. 1957. 664-670.
WOOTTON, Barbara. Social Science and Social Pathology (Ciencia Social y
Patología Social). New York: Macmillan, 1959, p. 250.
Una teoría del control de la delincuencia 31
MATZA, David y SYKES, Gresham M. “Juvenile Delinquency and Subterranean
Values” (La Delincuencia Juvenil y los Valores Subterráneos), American
Sociological Review, XXVI. 1961. 712-719.
MATZA, David. Delinquency and Drift (Delincuencia y Deriva). New York:
Wiley, 1964, pp. 181-191.
McCORD y McCORD. The Psychopath (El Psicópata), pp. 12-15.
PIAGET, Jean. The Moral Judgment of the Child (El Juicio Moral en el
Niño), trad. Marjorie Gabain. New York: The Free Press, sin fecha, p.101.
STINCHCOMBE, Arthur L. Rebellion in a High School (La Rebelión en un
Liceo). Chicago: Quadrangle, 1964, p. 5.
SYKES, Gresham M. y MATZA, David. “Techniques of Neutralization: A
Theory of Delinquency” (Las Técnicas de Neutralización: Una Teoría de la
Delincuencia), American Sociological Review, XXII. 1957. 664-670.
WOOTTON, Barbara. Social Science and Social Pathology (Ciencia Social y
Patología Social). New York: Macmillan, 1959, p. 250.
Una teoría del control de la delincuencia 31
MATZA, David y SYKES, Gresham M. “Juvenile Delinquency and Subterranean
Values” (La Delincuencia Juvenil y los Valores Subterráneos), American
Sociological Review, XXVI. 1961. 712-719.
MATZA, David. Delinquency and Drift (Delincuencia y Deriva). New York:
Wiley, 1964, pp. 181-191.
McCORD y McCORD. The Psychopath (El Psicópata), pp. 12-15.
PIAGET, Jean. The Moral Judgment of the Child (El Juicio Moral en el
Niño), trad. Marjorie Gabain. New York: The Free Press, sin fecha, p.101.
STINCHCOMBE, Arthur L. Rebellion in a High School (La Rebelión en un
Liceo). Chicago: Quadrangle, 1964, p. 5.
SYKES, Gresham M. y MATZA, David. “Techniques of Neutralization: A
Theory of Delinquency” (Las Técnicas de Neutralización: Una Teoría de la
Delincuencia), American Sociological Review, XXII. 1957. 664-670.
WOOTTON, Barbara. Social Science and Social Pathology (Ciencia Social y
Patología Social). New York: Macmillan, 1959, p. 250

Anúncios

Deixe um comentário

Preencha os seus dados abaixo ou clique em um ícone para log in:

Logotipo do WordPress.com

Você está comentando utilizando sua conta WordPress.com. Sair / Alterar )

Imagem do Twitter

Você está comentando utilizando sua conta Twitter. Sair / Alterar )

Foto do Facebook

Você está comentando utilizando sua conta Facebook. Sair / Alterar )

Foto do Google+

Você está comentando utilizando sua conta Google+. Sair / Alterar )

Conectando a %s